25 de marzo de 2015, miércoles – El hundimiento

Por la mañana me despierto muy temprano. Siento en todo el cuerpo piel de gallina. Una verdad me sacude en lo más profundo de mi alma. ¡Ayer ocurrió una catástrofe aérea! Y Jens está en la lista de pasajeros…
Esta revelación matutina me asaltará durante muchas semanas más. Y cada vez será un rudo golpe.
El día comienza. ¿Qué nos espera?
Melanie va una vez más al aeropuerto de Düsseldorf. Hablamos muy a menudo con ella pero durante todo el día no hay nada nuevo.
Regularmente ponemos la tele para obtener nuevas informaciones:

Se ha descartado que pueda haber sido un atentado terrorista – ocho minutos de caida en picado hacia la muerte – el avión se estrelló contra un macizo montañoso denominado »Les Trois Évêchés« (»Las Tres Diócesis«) – no hay ningún camino para acceder al lugar, la zona es escarpada, muy empinada y está cubierta de nieve – la violencia del impacto no deja paso a la esperanza de que se puedan encontrar supervivientes – se están realizando los preparativos pertinentes para que los allegados de las víctimas puedan acudir a la zona del siniestro.

Melanie nos llama para decirnos que la empresa donde trabajaba Jens en Düsseldorf está organizando un viaje para trasladarse pasado mañana al lugar del accidente. Dice que a los empleados les gustaría que fuésemos con ellos. Jens y un colega suyo japonés que le acompañaba en el viaje han muerto juntos en el accidente. La empresa ha perdido a dos empleados al mismo tiempo.
›Tenemos que ir con ellos al sur de Francia, al lugar del accidente“, es el primer pensamiento que me viene a la mente.
No dejo de llorar, murmurando constantemente: »Mi hijo ha muerto. Nuestro Jens ha muerto. Mi hijo …« Las palabras parecen dar vueltas y más vueltas en un círculo cerrado. Imposible parar.
Me cuesta respirar, el corazón me late a toda veocidad. Pese a eso, le digo a mi marido que tengo que ir a Marsella por encima de todo. Él se muestra reacio, pero yo sé que acabaré imponiéndome.
Estoy echada en el sofá. Mi estado se empeora hasta tal punto que mi marido llama a nuestra médica de cabecera, que acude enseguida. Me coge una mano entre las suyas y la retiene así durante mucho tiempo. Intenta consolarme, aunque ella misma está también bajo la fuerte impresión de este suceso inconcebible. Con intención de sedarme, pone sobre la mesa algunas pastillas de diacepam, así como otras contra la hipertensión, que alcanza cotas astronómicas.
Mi marido la acompaña hasta la puerta. Les oigo cuchichear en el pasillo. Seguramente le está dando instrucciones médicas. Por lo menos, uno que parece conservar la cabeza fría. Al menos, da la sensación de estar tranquilo y sereno. Probablemente todavía no se ha dado cuenta de lo que ha pasado. ¿Y yo? ¿Me he dado cuenta yo? Creo que no.
Tan pronto ella ha desaparecido, le digo: – Vamos a ir al lugar del accidente. Vamos a ir a Marsella.
-¿Pero qué quieres hacer allí? ¡Y encima en tu estado…!
– Nuestro hijo está allí. Quiero estar cerca de él. No tenemos elección. Tenemos que ir.
Silencio.
-Seguro que pronto estaré mejor, – Se lo digo plenamente convencida.
Suena el móvil. ¡Jens nos llama! Me tiembla la mano al levantar el aparato de la mesa. La pantalla muestra su nombre. Decepcionada, lo dejo donde estaba al ver que solo se trata de un mensaje escrito diciendo que el usuario está ahora disponible. Ayer no me había sido posible acceder a su número. A pesar de todo, mi marido marca el número, pero es inútil. ¿Será que los equipos de rescate han encontrado su smartphone??
Siento náuseas, tengo que vomitar. Estoy medio adormilada en el sofá hasta que llegan Thomas y Susi, nuestra nuera, con Sassa, nuestra pequeña nieta de dos años. Qué bien que vengan. Me levanto y voy al cuarto de estar donde todos nos sentamos alrededor de una mesita. Charlamos y de vez en cuando ponemos la tele, que se ha convertido en nuestra única fuente de información.

Los pilotos de los helicópteros que sobrevuelan la zona pueden distinguir los restos del avión – entre las víctimas se encuentran 16 alumnos y dos profesores de un colegio de Haltern – todo está pulverizado, dice un bombero.

¿Pulverizado? ¿Se refiere el locutor a las víctimas del avión? ¿Jens pulverizado???
-¡Tengo que ir a Marsella!
La familia intenta disuadirme por todos los medios.
-Allí estaré junto a él.
No consigo convencerlos.
Sí, iremos allí. Mañana seguro que ya estaré mejor. Hablo con mi marido lo más tranquila posible. Podría volar yo sola, pero no me gustaría.
Pasamos toda la tarde delante del televisor, donde las emisiones especiales se suceden sin descanso.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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