27 de marzo de 2015, viernes – Viaje a Le Vernet (1)

Los periódicos no cesan de contar que el copiloto, Andreas Lubitz, se encerró en la cabina dejando fuera al capitán y que accionó a propósito los mandos del avión para provocar su descenso.
Lubitz vivía a solo un kilómetro a vuelo de pájaro de la casa de nuestro hijo. Al igual que Jens, también participaba en diversas competiciones deportivas. ¿Se encontró nuestro hijo alguna vez con su asesino? ¿Quizá en una carrera de maratón o en una competición de triatlón? No lo sabremos nunca. Tampoco sabremos nunca las escenas que se produjeron entre los pasajeros durante los últimos minutos, antes de que el Airbús se estrellase contra el flanco rocoso de la montaña. Seguramente fueron conscientes del descenso del avión, de cómo se aproximaban a la pared rocosa. El piloto y los miembros de la tripulación golpearon con fuerza desde fuera la puerta de la cabina intentando abrirla. Esto quedó demostrado cuando analizaron la grabación de las voces. Sin duda cundió el pánico a bordo. Jens sentiría un miedo atroz a morir. ¿Cuánto tiempo duró su sufrimiento? ¿Cuánto tiempo?? Este pensamiento me tortura y nunca me abandonará.
¿Por qué Lufthansa no había pensado hasta la fecha en establecer la llamada “regla de los cuatro ojos“, como ya es habitual en muchos otros países? …
A primera hora de la tarde nos viene a buscar el taxista para llevarnos al aeropuerto. Se muestra sorprendido cuando le indicamos el sitio donde debe aparcar (Germanwings nos ha dado al respecto instrucciones muy precisas), ya que por regla general ese aparcamiento está reservado para „casos especiales“, como él dice. En la entrada del aeropuerto están esperándonos tres empleados – un alto responsable del aeropuerto y dos señoras que se presentan. Son la señora Zeisel y la señora Gerbert.
Tomamos asiento. Ambas intentan entablar una conversación, nos ofrecen bocadillos y bebidas y se muestran muy solícitas. Nos van a acompañar durante el viaje.
Tengo que ir al baño. La señora Zeisel me toma del brazo con firmeza, como si estuviera a punto de desmayarme. Caminamos juntas los pocos metros que nos separan de los servicios. Le digo que me encuentro bien de salud, pero ella parece ignorarlo. Se queda detrás de la puerta y me dice: -No cierre con cerrojo, por favor.-Tanta precaución me parece muy exagerada, no obstante le hago caso. Lo hace con la mejor intención. Seguramente cumple las instrucciones que le han dado.
Subimos al avión. No puedo evitar que se me salten las lágrimas. Todos los miembros de la tripulación están en la entrada. Nos saludan y nos dan el pésame. Estamos sorprendidos.
El avión despega a las 17:30h en dirección a Düsseldorf. Nuestras dos acompañantes están sentadas muy cerca de nosotros. Antes del despegue, la señora Zeisel nos da una bolsita de gominolas. –Para los oídos- nos dice. Realmente amable.
Por la ventanilla miro hacia abajo y pienso: ›Si ahora nos cayésemos, estaríamos cerca de Jens.‹ La idea me complace, aunque en general me gusta volar. Y esto no ha cambiado con la catástrofe.
Comienza el aterrizaje.
La señora Gerbert, nuestra segunda acompañante, me dice más tarde: -El aterrizaje sin duda le habrá dado miedo. Seguro que ha pensado en su hijo.
Solo puedo afirmar con la cabeza.
Un shuttle-bus nos lleva directamente del avión al hotel, donde Melanie y su padre ya nos están esperando. La señora Zeisel me conduce a la sala de reunión que han reservado para nosotros como si estuviese acompañando a una persona gravemente herida. Mis protestas no sirven para nada, ella sigue sujetándome con firmeza.
Lo mismo pasa con mi marido. En la entrada nos reciben los colegas japoneses de Jens y se presentan.
Abrazamos a Hans y a Melanie. Nuestras acompañantes nos dejan solos
Nos sentamos y hablamos cada uno de nuestro dolor. Es la primera vez que nos encontramos desde el accidente. Los japoneses han tomado asiento en la mesa de al lado. La novia de Jens nos habla de una psicóloga especializada en casos de emergencia que asistió a los familiares de las víctimas en el aeropuerto de Düsseldorf nada más ocurrir la catástrofe. Se trata de la Dra. Rau, que está a punto de aparecer. ¿Para qué necesito yo una psicóloga? No obstante, intento reaccionar con gesto amable.
Una señora de cabello negro y un tipo de aspecto deportivo se dirgen hacia nosotros. Nos dicen que son los encargados de prestarnos asistencia. Como estoy aturdida con tantos acompañantes, pregunto qué ha pasado con la señora Zeisel y la señora Gerbert. Me responden que ya se han ido. (De alguna manera, tengo la sensación de que algunos acontecimientos se me escapan. Todo lo pecibo como a través de una cortina nebulosa).
Lentamente lo voy entendiendo. A partir de este momento, nos acompañarán Christa y Alexander, que acaban de sentarse a nuestro lado. Enseguida nos tuteamos. Desde el principio nos sentimos agradablemente atraídos por su cordialidad y su discreción. Antes de despedirse, la doctora Rau nos entrega discretamente su tarjeta de visita. Pone: „Psicóloga jefe para casos de emergencia, Düsseldorf“. Distraídamente meto la tarjeta en el bolsillo del pantalón.
También nosotros nos levantamos para ir a nuestra habitación. Delante de la puerta hay un librito cuyo título dice: „Deja las sombras detrás de ti“. De entre las páginas asoma una tarjeta de visita. Es un regalo de la señora Gerbert, una de nuestras primeras acompañantes. En adelante voy a hojear este librito en numerosas ocasiones. Mi proverbio preferido dice:

»No puedes evitar que las aves de la tristeza vuelen por encima de tu cabeza. Pero sí puedes evitar que aniden en tus cabellos“.
(Proverbio chino).

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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