29 de marzo de 2015, domingo – Viaje a Le Vernet (3)

Desayunamos con Christa y Alexander. Estoy nerviosa.
Sobre las 8:00 salimos hacia Le Vernet en el autobús que han puesto a nuestra disposición. Nos escoltan motos del cuerpo de gendarmería francesa con luces azules. Su misión es que podamos continuar nuestro trayecto sin impedimentos y sin ser molestados por periodistas u otros obstáculos. Poco antes de la llegada a Le Vernet, nos advierten de que a partir de este momento podrían estar al acecho en la cuneta ciertos reporteros de los medios de comunicación. Rápidamente cerramos las cortinillas ya que no tenemos el menor interés en que nos hagan aparecer en la prensa, televisión, etc.
Después de tres horas de trayecto llegamos a nuestro destino.

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Somos los únicos familiares que están en el lugar del accidente. Las autoridades competentes nos saludan con un breve discurso de bienvenida. Los alcaldes de Le Vernet y de Prads-Haute-Bléone (los dos municipios que se encuentran más próximos al punto donde ocurrió la catástrofe), el jefe del equipo francés de rescate así como otros representantes oficiales están alineados formando una fila. Uno tras otro nos dan la mano, se presentan mencionando su nombre y la función que desempeñan y nos dan el pésame. A pesar de no entender siempre todo lo que nos dicen en francés, siento claramente la expresión de condolencia que vibra en sus palabras, al mismo tiempo que la conmoción que les ha causado lo ocurrido.

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Les doy las gracias en su idioma por su cordial recibimiento y por su enorme dedicación en las operaciones de rescate, las cuales, dadas las circunstancias, les suponen sin duda una enorme carga psicológica. El responsable de las fuerzas de rescate me responde con voz sonora: – C’est mon travail, Madame. (»señora, es mi trabajo.«)
Ante nosotros vemos una lápida conmemorativa que fue erigida en brevísimo tiempo en honor de la víctimas. Detrás de ella, personal de uniforme extiende las banderas de ambos países. Delante ponemos un ramo de flores con la foto de Jens. Se nos llenan los ojos de lágrimas, ninguno de los presentes puede contener el llanto. Los japoneses clavan en la tierra varitas de incienso. Rezan. Durante largos minutos permanecemos mudos delante de la lápida conmemorativa.
El alcalde de Le Vernet, el señor Balique, nos aleja del grupo. Nos señala la cumbre de una montaña cubierta de nieve y nos explica con todo detalle detrás de qué cresta del macizo se encuentra la zona del accidente. Entiendo su francés a duras penas. Un miembro de las fuerzas de rescate (¿un alemán?) traduce sus palabras, de manera que podamos entender todo lo que nos dice. Nos cuenta que en el pueblo nadie oyó el impacto del airbús al chocar contra la roca. Ni el estruendo ni la explosión. Nadie divisó tampoco las llamaradas del avión ardiendo. Nos dice que los habitantes del pueblo están aterrados por este desastre que ha ocurrido tan cerca de ellos.
El señor Balique nos invita a que volvamos a su tierra. Explica que la naturaleza es maravillosa. En otoño, los árboles se tiñen de colores resplandecientes y podríamos hacer senderismo por el monte. Ofrece poner a nuestra disposición un guía alpino. Suspira. A pesar del maravilloso paisaje, se lamenta, ya se asociará siempre a esta región y a sus habitantes con el accidente
Nos dice que van a construir un camino que va a ir directo hasta el lugar de la catástrofe. Será de libre acceso para todo el mundo y está previsto finalizarlo en mayo.

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Nos invitan a tomar un refrigerio, pero lamentablemente los japoneses tienen prisa y quieren marcharse enseguida. Los franceses nos despiden besándonos en las mejillas, a la manera típica de su país.
Mientras subimos al autobús, veo que han establecido una línea de demarcación como para dar a entender a los periodistas, fotógrafos y equipos de filmación que ya no pueden continuar, que han llegado a un punto de „hasta aquí y no más“. También les impiden vernos de cerca grandes vehículos que forman una muralla entre nosotros y los representantes de los medios de comunicación. Están aparcados de esa manera a propósito, para proteger a los familiares de las víctimas y que nadie pueda fotografiar la tristeza de nuestros rostros.
(Hans nos contará más tarde que algunos fotógrafos habían instalado puestos de observación elevados para poder sortear los obstáculos que les impedían vernos. ¡Cómo puede haber gente tan desconsiderada!)
La próxima parada es en Seyne-les-Alpes, donde nos reciben muchas personas. Una mujer joven se acerca a nosotros. Nos explica que trabaja en el Consulado alemán de Marsella y que nos va a servir de intérprete. Se dirige a mí y me dice:
– Necesitamos una prueba de su saliva
– Ya se la entregué a la Policía Judicial de Düsseldorf
– Sí, lo sé. Pero aquí lo hacen un poco diferente.
– ¿Y la de mi marido?
Él está a mi lado contemplando la escena con curiosodad.
La joven contesta con una evasiva: – Bueno, pero usted ya lo tiene todo
-¿Eh..? (Después caigo en cuenta de que el padre no tiene por qué ser siempre el padre biológico, aun cuando haya vivido toda la vida suponiendo que lo era)
Me acompaña hasta una tienda de campaña. El francés que está sentado frente a mí nos explica con todo detalle el procedimiento. Yo misma tomo una prueba de mi propia saliva y, siguiendo sus instrucciones, la meto en el envase previsto para ello y lo cierro. Todo es observado minuciosamente. Acto seguido, me ruegan tomar asiento a la mesa vecina. Una vez más tengo que responder a nuevas preguntas. Tienen problemas con la grafía de nuestro apellido, ya que el funcionario ni conoce la letra alemana „ß“ ni la encuentra en el teclado de su ordenador. No sabe qué hacer. Yo le digo „ escriba s doble“. La empleada del Consulado se pone de acuerdo con él en que lo escriban así. Estoy contenta de que ella esté conmigo, Tengo los nervios hechos polvo. Noto que estoy al límite de mi resistencia.
A continuación, se celebra un oficio religioso en lengua francesa dedicado a los japoneses y a nosotros. También ellos parecen entender tan poco como nosotros.
Volvemos a depositar flores y nos registramos en un libro que han puesto al lado. Intercambio algunas palabras con Nakamura-san, la joven viuda. Habla un poco de inglés. Me cuenta que ahora vive sola en Düsseldorf con sus hijos. Me mira con cara atribulada y dice: -It’s so horrible, that crash …
Lo único que me sale es un balbuciente: -Yes …

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

(Continuará)

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