30 de marzo de 2015, lunes – Viaje a Le Vernet (5)

Me levanto igual de cansada que cuando me acosté. Medio dormida, miro a mi alrededor. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? Entorno los ojos, hasta que el espanto matutino habitual se me mete en el cuerpo. No me puedo acostumbrar. ›¡Jens ha muerto! Estuvimos en la montaña, muy cerca del lugar de la espantosa catástrofe‹, este pensamiento pasa por mi cabeza como una centella.
Fuera sonríe el sol meridional iluminando la habitación hasta los rincones más alejados.
Vamos al comedor a desayunar, donde Christa y Alexander ya ocupan una mesa. Nos sentamos con ellos.
-¿Cómo estáis, medianamente bien? –pregunta Christa.
Afirmo, pero rompo a sollozar con fuerza. Ella me abraza. Sus huevos revueltos se están enfriando. También Christa se enjuga las lágrimas de los ojos furtivamente.
Después de haber terminado el desayuno seguimos juntos un rato más.
Les digo: – Me imagino que tener que acompañarnos en este viaje os resultará difícil. Tiene que resultar estresante estar viendo llorar tanto y toda esta tristeza que nos domina.
Mi marido asiente con la cabeza.
Ella responde: -Lo resistiremos. Lo más importante es poder ayudar un poco. Nos hemos apuntado voluntariamente y hemos asistido a cursillos de preparación…- Se queda mirándonos. Después prosigue: -Sí, a ver, cómo explicarlo. Estuve asistiendo a familiares de las víctimas del tsunami, aquel horrible maremoto del Océano Índico. No fue fácil. –Aparta a un lado los platos y cubiertos usados.-Sí, fue difícil, pero ahora es muy diferente.
La miro expectante.
-No sé cómo decirlo…, el accidente de Germanwings vive dentro de nosotros. Era uno de los nuestros, un compañero que ha arrastrado a la muerte a tantas personas- Se golpea el pecho con la mano. -Nosotros, los empleados, nos sentimos profundamente afectados por este hecho, hasta el fondo del corazón. Queremos ayudar, tenéis que creerme.
Sí, lo creemos. Inmediatamente.
-Siempre he estado orgullosa de trabajar en Lufthansa, con su distintivo color amarillo, y todavía lo estoy. Orgullosa de ser parte integrante.- Y añade: -Me gusta trabajar para esta compañía.
Alexander murmura asintiendo: -Sí
Christa mira el reloj: -Oye, tenemos que irnos…
Se levantan y dicen: -Nos encontramos después en el vestíbulo.
-Hasta luego.
Les seguimos con la vista hasta que desaparecen por la puerta.
La catástrofe ha dejado huellas en todas las personas implicadas. Huellas que permanecerán para siempre.
El avión nos lleva al aeropuerto de Düsseldorf tras hacer escala en Munich. A la salida, los colegas de Jens nos esperan para despedirse de nosotros con amables palabras. Yo hago una inclinación a la manera japonesa. Se ríen. La secretaria me echa los brazos al cuello. El presidente de la empresa nos saluda dándonos la mano. Sus ojos melancólicos brillan al mirarnos.
Acabamos de quedarnos solos, cuando Christa y Alexander se ponen cada uno a nuestro lado, nos hacen subir una escalera y abren la puerta de una habitación donde nos sentamos juntos a una mesa.
-No puedo permitir que os vayáis así –dice Christa.
Tomamos juntos un café y algo de comer y nos quedamos charlando durante un rato.
Finalmente llega la hora de la despedida. Nos piden un taxi y les decimos adiós con la mano hasta que el taxi dobla la esquina.
Hemos conocido a dos personas singulares a las que probablemente no volveremos a ver. Han estado presentes siempre que las hemos necesitado y se mantuvieron discretamente al margen cuando deseábamos estar solos. Sin necesidad de palabras. Ambos poseen una excelente intuición.
Bajamos del vehículo. Hace un tiempo tormentoso. El viento sacude los árboles sin piedad.
Tomamos el equipaje y nos dirigimos a la recepción.
La señora Zeisel, la primera acompañante en este viaje, nos espera en el vestíbulo. Nos saluda, se alegra de vernos. Le hablamos de Le Vernet, de la lápida conmemorativa, de las montañas y de la empatía de los franceses. Nos explica los detalles del vuelo de regreso al día siguiente.
No queremos pasar el tiempo solos metidos en la habitación. Así que por la noche vamos al restaurante y nos entretenemos observando a la gente.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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