11 de abril de 2015, sábado – Primer encuentro de los allegados de las víctimas, organizado por el servicio de Asistencia Pastoral para casos de emergencia en Düsseldorf (1)

Ayer llegamos a Düsseldorf y pasamos la primera noche en casa de la novia de Jens.
Nuestro objetivo es asistir al encuentro de los allegados de las víctimas que ha organizado el servicio de Asistencia Pastoral de Düsseldorf. Se celebra en un hotel de congresos eclesiástico en el que también vamos a pasar la noche, pues la reunión termina mañana a mediodía.
Los organizadores ya nos están esperando. Han tomado asiento en el vestíbulo y observan la entrada de los invitados con miradas amables y al mismo tiempo atentas. Probablemente ya están familiarizados con este tipo de situaciones.
Primero, la camarera sirve el almuerzo.
Una de las asesoras espirituales pregunta si se puede sentar a nuestra mesa. Lleva su nombre en una pequeña placa prendida en la blusa. Asiento con la cabeza. Intenta entablar una conversación conmigo, pero yo no tengo muchas ganas. Remuevo la verdura con el tenedor sin el menor apetito.
El acto comienza. Nos sentamos en sillas que han colocado formando dos círculos. La sala es amplia y muy luminosa.
Los asesores espirituales se presentan y nos hablan de su trabajo. Nos dicen que acompañan a personas que han sido víctimas de una catástrofe con el deseo de aconsejarlas y prestarles consuelo. Explican que también se ocuparon de los familiares de las víctimas que perdieron su vida en la Loveparade de la ciudad de Duisburg. Nos aseguran que esta reunión tiene carácter absolutamente confidencial, es decir, que está excluída la participación de representantes de cualquier medio de comunicación. El encuentro debe ofrecernos una especie de refugio en el que podamos intercambiar experiencias con otras familias que se encuentran en una situación similar a la nuestra.
Suavemente nos animan a hablar. El silencio reinante no dura mucho. Uno de los participantes comienza su relato con frases entrecortadas. Dice que su hija estaba en el Airbus de Germanwings. Le cuesta creer que haya muerto. Y la manera en la que ha ocurrido le oprime todavía más. Mientras habla, está sacudido por fuertes sollozos. Cuenta de sus sentimienos, de que no se siente capaz de hacer nada bien y de que el dolor amenaza diariamente con desgarrarle el corazón. Su hija debe regresar, ¡la echa tanto de menos! »Lo que más me gustaría es quitarme la vida. Sí, estoy pensando en suicidarme. ¡Al menos de este modo estaría con ella! «
¿Suicidio??? En la sala se percibe un murmullo de consternación, proseguido de una animada discusión.
Mi marido pide la palabra: -Nuestro hijo Jens nos daría una patada en el trasero si se nos ocurrieran tales ideas. – Yo le doy la razón asintiendo con la cabeza mientras me limpio las lágrimas de los ojos. Continúa diciendo: – Y tu hija seguramente también lo haría. Con toda certeza ella quiere que vivas.
El hombre suspira y dice débilmente: -Sí. Sus fuertes hombros se estremecen. Otros lloran también. Una mujer sale corriendo de la sala seguida por una de las asesoras espirituales. En este dia se repiten a menudo escenas similares. Las heridas en nuestra alma todavía son recientes.
Los familiares de las víctimas empiezan a hablar voluntariamente. Sobre lo incomprensible, sobre sus personas queridas obligadas a morir, sobre su tristeza y su duelo; sobre el hecho de no poder conciliar el sueño por la noche o de no sentir alegría por nada.
En el encuentro participan también algunos marroquíes. Explican que sus hijos se habían casado en Barcelona. La boda se había celebrado el fin de semana anterior al accidente. La pareja quería comenzar en Alemania un futuro común. Su traductor y acompañante, también marroquí, habla un alemán excelente. Presenta a las familias y describe las dificultades en las que se encuentran debido al accidente. Por iniciativa propia, añade: »Entre nosotros es una costumbre dar dinero a los desposados. « Lanza una mirada a los presentes y prosigue: »Y es un buen puñado de dinero. Dinero en metálico«, explica. »¿Y ahora quién lo restituye?«
Esta pregunta queda flotando en el aire sin encontrar respuesta.
Dice: »Además la madre aquí presente desea permanecer en Alemania hasta que pueda llevarse los restos mortales de la joven pareja.«
›Esto puede durar una eternidad‹, me susurra mi vecino de asiento.
Un participante quiere decir algo, pero la pena hace que se le quiebre la voz. Es imposible entenderle, tan débil suena. Uno de los asistentes pastorales se sienta detrás de él y repite en voz alta las palabras susurradas por el hombre. Ahora nos enteramos de lo que nos quería comunicar. También él habla de su hija, que tenía intención de casarse y estaba llena de planes. „Y entonces se sube a ese avión para ser asesinada. ¡Un asesinato colectivo!“ Sollozando, nos cuenta de las últimas Navidades. Hay tantas cosas que ya no tienen sentido para él. No sabe cómo va a poder superar el vacío que le ha originado la muerte de su hija.

(Continuará)

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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