18 de abril de 2015, sábado – El funeral en Colonia (4)

Entramos en la oficina del equipo SAT instalada en el hotel, ya que necesitamos un taxi que nos lleve a la estación. No vamos en avión, como generalmente solemos hacer, sino que viajamos en un ICE, al menos esa es la combinación que nos han buscado. Por mi parte me alegro, pues por regla general viajo muy poco en tren. Entramos en conversación con un técnico que trabaja en la Lufthansa y actualmente apoya al equipo SAT.También él expresa su horror por la actuación del copiloto que se aprovechó de la perfección de la maquinaria del Airbus, intacta y bien cuidada, para llevar a la muerte a todos sus ocupantes. Nos dice que los aviones de Germanwings tienen fama de ser muy seguros. Para él es como una pesadilla que un compañero suyo haya sido capaz de cometer un crimen tan abominable.
Una empleada opta por no pedir un taxi sino por llamar a un lujoso shuttle del hotel para que nos lleve a la estación central de Colonia.
Sueño con estar de nuevo en casa. Estos viajes relacionados con la muerte de Jens nos dejan agotados. El funeral en la Catedral no ha pasado sin dejarme huella
Se oye el motor del shuttle que se aproxima, frena y espera ante la puerta del hotel. El técnico se despide de nosotros con cálidas palabras. Pese a que la estación está cerca, el vehículo tarda mucho tiempo ya que uno de los puentes sobre el Rhin está cortado por obras.
Por fin estamos en el andén de la estación de Colonia esperando el tren. Un poco antes de su llegada, aparece un mensaje en la pantalla diciendo que el tren ha sido cancelado, sin que nos digan los motivos para ello. Suprimido de un plumazo, sin más. Estoy realmente conmocionada. Este tipo de retrasos me pone los nervios de punta, ya de por sí sacudidos por la tristeza. Me pongo a sollozar como un niño pequeño.
-¿Y qué hacemos ahora? ¡quiero ir a casa!
-Vamos a tomar un taxi y volver al hotel. El Equipo SAT tiene que ayudarnos. ¡Esto no puede ser!
Esta decisión me alivia.
Los dos empleados de Lufthansa nos contemplan sorprendidos cuando entramos en la oficina. Mis hipidos me impiden decir ni una palabra.
Se enteran de lo que ha pasado. Antes de ponerse a buscar otra conexión, me ofrecen un café. Lentamente voy dominando mis sentimientos.
Uno de los dos mira en el ordenador. Nos confirma que en el fin de semana la mejor manera de viajar de Colonia a Leipzig es en ferrocarril.
Mira el reloj. –El próximo ICE sale dentro de una hora escasa, lo conseguiremos. Yo me voy a encargar personalmente de acompañarles al tren.
Pide un taxi y volvemos a hacer el mismo recorrido. Delante de la estación reina un gran bullicio, originado por una mezcla de peatones, automóviles y bicicletas.
A mi lado percibo un ruido sordo en la carrocería. Una chica en bicicleta, a la que estaba viendo hace un momento, ha desaparecido de repente. „¿La habrá atropellado?“, pienso sin la menor emoción. No digo ni una palabra. Nadie parece haber notado nada. Después de dar algunas vueltas, el taxista encuentra un aparcamiento donde puede quedarse esperando al empleado de Lufthansa.
Se baja y la ciclista lo insulta chillándole de la peor manera.
»Dios mío, quién sabe todo lo que todavía puede pasar“ , me digo a mí misma.
Los tres nos dirigimos al andén. El ICE se aproxima. Subimos y tomamos asiento. Delante de la ventanilla el simpático empleado de SAT nos dice adiós con la mano. En cada parada nos vemos obligados a cambiar de sitio, ya que nuestros asientos estaban reservados en el tren cancelado. Es imposible refugiarnos en los vagones de segunda clase, ya que están ocupados hasta el último rincón. Para mayor desgracia, los letreros que anuncian las plazas reservadas están estropeados, de manera que no podemos enterarnos de cuáles son los asientos que están ocupados y a partir de qué estación.
Dos paradas más y tendremos que hacer transbordo.
Por misteriosas razones, el tren permance parado durante mucho rato en medio de la vía. Por el altavoz avisan de que por este motivo no es seguro si los trenes de conexión van a poder esperarnos.
-Solo quiero ir a casa, -empiezo a lloriquear de nuevo.
Por fin llegamos a la siguiente estación. Afortunadamente nuestro próximo tren está esperando en el andén de enfrente.
-Nunca más pienso viajar en tren. ¡Nunca más! –no hago más que maldecir.
Mi marido se ríe. –El representante de la organización Weißer Ring, que ayer dudaba de si íbamos a llegar a casa con la compañía de ferrocarriles, tenía razón.
Por la noche, finalmente ya en nuestro piso, encendemos la vela de la catedral por Jens.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s