21 de abril de 2015, martes – 2º viaje a Le Vernet (1)

°CUATRO SEMANAS DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE°
Es un deseo nuestro acudir otra vez a Le Vernet para visitar a nuestro hijo en las montañas del sur de Francia, en silencio y paz. Durante nuestra primera estancia lamentablemente tuvimos poco tiempo, ya que estábamos sujetos al protocolo impuesto por los orientales. Por eso hemos decidido volver de nuevo, pero esta vez acompañados de buenos amigos. Como tienen que venir de diferentes partes de Alemania, nos vamos a encontrar en el aeropuerto de Francfort, donde nosotros tenemos que hacer transbordo.
Una de mis amigas conoce a Jens desde que nació.
En contra de lo acordado con el Servicio de Asistencia de Germanwings, llegamos al aeropuerto tanto de Leipzig como de Francfort sin ningún voluntario de la compañía que nos acompañe durante los respectivos vuelos. Lo afrontamos sin problema, pues podemos desenvolvernos solos muy bien. Lo importante es que en el sur de Francia alguien vaya a recogernos para llevarnos al hotel, ya que no está en el centro de Marsella, como en la primera vez, sino un poco a las afueras, cerca del aeropuerto.
Nada más aterrizar en Francfort, veo en mi móvil un mensaje que me dice dónde nos están esperando nuestros amigos.
Recorremos a toda prisa los interminables pasillos del aeropuerto ya que nos queda poco tiempo para el transbordo. Sin aliento, llegamos por fin a la puerta indicada y en cuanto nos ven vienen corriendo hacia nosotros. Es la primera vez que nos vemos desde el espantoso accidente. Así que nuestro abrazo es fuerte y prolongado. Están enormemente conmovidos. Tenemos que sacar los pañuelos.
No podemos intercambiar muchas palabras. El mostrador abre y ya embarcamos.

De nuevo sobrevolamos ciudades, campos, montañas y al final un tramo a lo largo de la Costa Azul para aterrizar por fin en el aeropuerto de »Marseille Provence«.
Mientras nos dirigimos con el resto de los pasajeros en compacto pelotón hacia la entrega de equipajes, miro por todas partes a mi alrededor a ver si descubro a alguien que haya venido a buscarnos.
Y ya cuando las maletas están dando vueltas por la banda ante nosotros, descubro al fondo de la sala dos personas que llevan al cuello un letrero en el que diviso las tres iniciales SAT (Servicio de Asistencia Especial) y en letra pequeña su nombre respectivo. Me siento aliviada. Nos dirigimos a ellos y nos damos a conocer. Grit y Holger, que en la vida normal trabajan como personal de tierra de Lufthansa, son los encargados de acompañarnos los siguientes días.
Mientras esperamos la llegada del equipaje, intercambiamos algunas palabras con ellos. Nos ayudan a transportar afuera las bolsas de viaje. Un vehículo nos está esperando para llevarnos al hotel. Se encuentra la otro lado de un enorme aparcamiento que se extiende ante el edificio y que podríamos atravesar a pie.
En el vestíbulo del hotel los miembros de SAT nos ofrecen bebidas y nos explican el plan para mañana. También a nosotros nos dan placas con nuestros nombres que nos colgamos al cuello. Con ellas tenemos acceso a una sala separada que nos han reservado en el restaurante del hotel para comer allí. Ante la entrada hay apostados dos tipos de porte decidido que no permiten el paso a ninguna persona no autorizada.
Grit nos pregunta si queremos encender una vela y poner flores por Jens en el jardín del hotel. Nos dicen que han reservado una zona en la que los familiares pueden evocar la memoria de las víctimas. Aceptamos con gusto este ofrecimiento, pues justo hace cuatro semanas que le fue arrebatada a nuestro hijo su valiosa vida de una manera brutal durante el espantoso vuelo 4U9525.
Nos registramos en el hotel y vamos a la habitación para sacar las pocas cosas que hemos traido y refrescarnos un poco. A la hora acordada, nos encontramos en la sala reservada a los familiares para cenar algo y pasar la velada juntos. Nos sentamos a una mesa redonda al lado de la ventana. La oscuridad de la noche va ganando terreno al crepúsculo.
Somos los únicos allegados de las víctimas que mañana van a desplazarse a la montaña.
Nos da mucho gusto estar entre amigos.
Grit entra y nos pregunta si queremos ahora las flores.
-Sí, -le respondo. –Salgamos afuera
-Yo llevo las velas –añade.
Nos levantamos y nos conduce al pequeño lugar conmemorativo que han improvisado.
Nadie dice nada. En silencio encendemos las pequeñas velas de té y las colocamos junto a las otras que ya se han apagado.
Durante largo rato permanecemos de pie. Muy lejos de casa recordamos a Jens. Nuestro dolor es infinito. Mi amiga me pasa el brazo sobre los hombros. Lloramos.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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