22 de abril de 2015, miércoles – 2º viaje a Le Vernet (3)

Les damos la espalda y entramos por primera vez en la capilla. La última vez no tuvimos suficiente tiempo. Inmediatamente descubro sobre la mesa el traje de triatlón de Jens y debajo una toalla blanca con la inscripción »Todos nosotros por Jens«. Lleva bordadas las insignias del club. Las dos cosas proceden de los amigos de la asociación de triatlón de Düsseldorf.
Acaricio suavemente el traje. Era el que llevaba Jens en las competiciones, y siempre se lo pasaba en grande a pesar de sus dolores musculares. Al lado hay una foto que muestra la llegada de Jens y Thomas a la meta con ocasión del concurso de triatlón celebrado en Leipzig. Para nuestros dos hijos fueron momentos felices. Me doy cuenta por primera vez de lo bien que se llevaban los dos hermanos, lo que siempre consideré algo normal.
Una carta, escrita por su cuñada Susi, me hace saltar las lágrimas. Termina diciendo: »… Siempre serás parte de nosotros. Y le contaremos a Sassa muchas cosas de ti. ¡Te echamos mucho de menos!“ Ha añadido una posdata que con toda seguridad hubiera gustado a Jens: »Espero que donde estás ahora haya pistas estupendas para ir en bici y que no haya ningún dermatólogo.« El papel amarillo está adornado con la huella de la mano de nuestra nieta en vivos colores, así como de una foto de la pequeña.
Hay una caja con inscripción en japonés llena de dulces que seguramente habrán dejado sus compañeros de trabajo.
Todos estos objetos estaban colocados delante de la lápida conmemorativa. Las mujeres de los alrededores las van a recoger para llevarlas con sumo cuidado a la capilla.
-No han tenido apenas tiempo para vivir. ¡Han muerto tan jóvenes!- dice una de nuestras amigas. Contempla con atención los recuerdos depositados sobre las mesas. –Mira esto…- me dice, invitándome a ver las cosas que han dejado para otras víctimas. Pero me resulta imposibe. Estoy paralizada delante de los ojetos dedicados a Jens. Solo ellos atraen mi mirada de una manera mágica.
Un amigo se ha enterado de que en un restaurante cercano, pegado a un albergue, van a servir la comida. Se llama »L’inattendu«. Mi marido me lleva hacia la salida.
Nos sentamos a una mesa que ya está preparada. En la mesa de al lado han tomado asiento Grit y Holger. Una francesa muy amable nos sirve. Luego me entero de que se llama Christelle. Aunque la comida tiene un aspecto muy sabroso, solo puedo removerla en el plato con el tenedor desganadamente.
¡Y encima ahora la simpática camarera me quiere servir un postre! Me desagrada el sabor dulce, así que lo rechazo con amabilidad.
Con una sonrisa irresistible intenta convencerme, hablándome en su idioma. Lo único que entiendo es que tengo que recobrar fuerzas y que le daría una gran alegría si me tomase el postre.
No puedo resistirme a su encanto y asiento educadamente con la cabeza. Se va a la cocina. Al final, mi marido se traga los dos postres. Le pido que al terminar me devuelva el plato vacío.
Christelle vuelve para quitar la mesa. Ve que tengo ante mí el plato de postre vacío. Su entusiasmo no tiene límites. Repite una y otra vez: -Madame, madame, je suis ravie! („Señora, señora, qué contenta estoy. Me ha proporcionado una gran alegría“).
Tanto a nosotros como a nuestros acompañantes nos hace reír el irresistible carácter de esta mujer. Finalmente, nos despedimos de Christelle y de su compañero Teddy, que está muy ocupado trajinando en la cocina.
Salimos del restaurante. Fuera nos espera el guía de montaña y nos pregunta si queremos dar un paseo. Nos ponemos en marcha todos juntos por un sendero de fácil acceso frente a las montañas. Grit, Holger, mi marido y los amigos van delante de nosotros.

El señor Bietrix, que es el nombre del guía, señala hacia las rocas y dice; – Allí perdí a mi hijo.
Como no continúa explicando más, le pregunto: – Qué horror. ¿Cómo ocurrió?
-Se cayó con su bicicleta de montaña. Se murió por eso, pero también porque padecía de cáncer.
Estoy conmocionada, y sin darme cuenta empiezo a hablar en alemán. Hablo de la muerte que nos arrebata a los seres queridos y de la tristeza que supone la pérdida de un hijo.
Asiente con la cabeza y parece entender intuitivamente lo que estoy diciendo, pues como la mayoría de los franceses solo conoce su lengua materna.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

(Continuará)

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