23 de abril de 2015, jueves – 2º viaje a Le Vernet (5)

Emprendemos el camino de vuelta. En cierto modo, estoy contenta. Esas asépticas habitaciones de hotel no están hechas para mí, por más lujosas que sean. El aire acondicionado crea un clima extraño, y si además las ventanas tienen que permancer cerradas porque no hay la posibilidad de abrirlas, los espíritus sensibles no pueden dormir bien. Me gustaría alojarme en una habitación sencilla en Le Vernet. Antes de salir del hotel, queremos encender algunas velas y poner flores para Jens en la zona provisional del parque que han reservado para ello.

Inesperadamente me asalta un pensamiento: „¿Qué sentido tiene todo esto de estar encendiendo velas? ¿Y lo de poner flores constantemente? No por eso nuestro hijo va a volver“. Le digo a Grit en voz alta: – Jens ya no volverá nunca más. ¿Qué piensa usted? ¿Cree que hay una vida después de la muerte?
Ella responde: -Trabajo como voluntaria en un hogar infantil para niños en estado terminal. Pero allí no solo hay tristeza. También reímos con frecuencia. –Reflexiona un momento y dice: -Sí, yo creo en que hay una vida en el más allá. De una manera u otra todo continúa. Estoy convencida.
Frunzo el entrecejo. La mayoría de la gente lo piensa, sí, confía en ello. Si existiera una única prueba, yo también me aferraría a esa idea y tendría esperanza.
Le replico: – Desde que Jens murió noto que no hay nada, que él ya no existe. No sólo es una sensación, sino que lo sé. -Acentúo estas últimas palabras. –Su vida se ha extinguido para siempre. Ya no está aquí, ha desaparecido definitivamente.
-Pues ya verá, alguna vez cambiará de opinión y estará otra vez segura de que después todo continúa, –me responde. Me pone una rosa en la mano para que la coloque delante de las velas.
¿Por qué esta idea tiene para mí una connotación tan negativa? Antes creía en esas cosas. Ahora ya no creo en nada.
Con mi marido pasa lo contrario. Desde la tragedia está convencido de que nuestro hijo continúa viviendo, de una forma u otra, en una u otra esfera…

Estamos en el avión que nos lleva a Francfort. Una vez más disfruto de la amplia vista por encima de las nubes y de las montañas. No obstante, siento una especie de malestar extraño.
El aterrizaje comienza. Por la frente me corren gotas de sudor. La respiración se hace más breve y entrecortada. Siento que un pánico tremendo se apodera de mí. En mi imaginación veo rocas que se aproximan hasta que el avión las roza. Jens está sentado dentro. Grita y es sacudido violentamente. Todos los pasajeros lanzan gritos de terror, muertos de miedo. Masas rocosas taladran las paredes …
Mi corazón va a explotar. ¿Es que voy a perder el conocimiento?
Los dos miembros de la tripulación están sentados junto a la cabina con el cinturón puesto. Si me desmayase ni se darían cuenta. Este pensamiento me provoca náuseas. Noto la mano de mi marido sobre la mía. Me está observando.
„Tengo que respirar de forma regular“, me digo, intentando controlar la situación. Como un mantra me pongo a contar las respiraciones. Al aspirar por la nariz : „uno, dos, tres cuatro“. Al expirar por la boca: „uno, dos, tres, cuatro“. Intento prolongar la expiración. Apenas puedo dominarme, ya que siento una imperiosa necesidad de oxígeno. Sin embargo, la sensación de desmayo va desapareciendo. El zumbido de la cabeza disminuye. Por fin las ruedas del avión tocan la pista de aterrizaje.
Nada más salir del avión nos despedimos de los amigos. Me da la impresión de que se encuentran como detrás de un velo gris. Tenemos que darnos prisa, ya que nuestro vuelo de conexión está a punto de despegar. La puerta se encuentra al otro extremo del edificio. Vamos corriendo por los pasillos. La gente se aparta a nuestro paso. Por fin, justo a tiempo alcanzamos nuestro avión que se pone en marcha pocos minutos más tarde.
Nada más despegar pido que me traigan un vaso de vino tinto y hago que me lo vayan rellenando en breves intérvalos. Nunca había bebido alcohol con esa velocidad, y vino todavía menos. Así que con una ligera cogorza y sin problemas de salud consigo sobrevivir tanto el descenso como el aterrizaje del avión.
Por fin en casa.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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