26 de junio de 2015, viernes – El entierro

Suena el despertador. Tenemos que levantarnos temprano para llegar puntuales. El tráfico a esta hora suele ser muy intenso.
Me encuentro mal, apenas he dormido. A regañadientes me visto de negro. Siempre he sido muy poca cosa, pero ahora hasta los pantalones más estrechos me quedan grandes. Trago a duras penas una tostada y tomo más café de lo habitual, a ver si la cofeína mitiga mi enorme cansancio. Es una señal de alarma.
A mi marido le pasa lo mismo. Ha adelgazado mucho, come poco y tiene profundas ojeras.
No hay tanto tráfico, de modo que llegamos al cementerio mucho antes de la hora prevista. Sin embargo, no somos los primeros. La tía de mi marido, de 86 años, baja del taxi al mismo tiempo que nosotros y está muy contenta de vernos.
Esperamos ante la sala del funeral. Poco a poco van llegando familiares, amigos y conocidos. Se acercan a nosotros, nos abrazan, nos entregan sobres, pronuncian algunas palabras o simplemente nos hacen una caricia en silencio. Hablan con voz atenuada, como si quisieran respetar el silencio de los muertos.
El mejor amigo de Jens,que también se llama igual, se nos acerca con su mujer. Sus hombros tiemblan. Nos abraza largo rato.
Marie llega con su marido y los niños. También ellos eran amigos de Jens desde sus años universitarios. El cuerpo de Marie está sacudido por fuertes temblores.
¿Hasta dónde llegan las consecuencias de la catástrofe? Agunos lloran, nadie puede entender lo que ha pasado, nadie comprende las circunstancias que han provocado la tragedia.
Una portavoz de la clase del colegio, y hasta el antiguo y actual director, han venido y nos transmiten su más profundo pésame. El director ha envejecido, no obstante lo reconozco enseguida.
Thomas se mantiene al margen, con la vista fija en las baldosas del suelo.
Sassa, nuestra pequeña nieta, contempla con ojos asombrados las lágrimas que empiezan a rodar por mis mejillas. Pese a todo, soy plenamente consciente de todo lo que está pasando a mi alrededor.
El empleado de la funeraria nos lleva a todos los familiares más cercanos al interior de la sala para que podamos confirmar que todos los detalles de la urna están bien. Nos enseña el nombre grabado y también los recuerdos personales depositados en la cubierta interior. Thomas, Susi y Melanie los habían llevado antes a la funeraria. Hay una foto de Jens colocada sobre un atril rodeado de flores. Nos sonríe. Mi marido la eligió.
Me siento como una marioneta, cuyos brazos y piernas se mueven como si las manejase un extraño y dice solo lo que es necesario. Simplemente funciono.
Tomamos asiento. Poco después, el resto de los asistentes entran en la sala. Mi marido solloza. Estamos cogidos de la mano.
La música enmudece. La voz del predicador se hace cada vez más lejana y solo llega a mis oídos desde una distancia difusa. Los fragmentos de las frases que logro percibir me dicen que está encontrando las palabras adecuadas.
También los niños pequeños que están presentes son conscientes de la atmósfera reinante, al menos yo no les oigo hablar.
Nos levantamos. Vamos de la mano detrás de la urna, seguidos de los otros familiares y amigos. Thomas me acaricia.
Llegamos ante la tumba. Como en estado de trance, doy un paso adelante para echar una última flor de despedida. Miro hacia el interior. Ahora le toca a mi marido. Inesperadamente, una amiga a la que conozco desde el primer año de colegio, se aproxima a mí precipitadamente para sostenerme, como si fuese una enferma grave, y me susurra -¿Te vas a desmayar? -También sus nervios están crispados.
-No – le respondo.
Conoce a Jens desde que nació.
Los asistentes se van despidiendo de nuestro hijo y lanzan flores sobre la tumba.
Nos rodean, nos abrazan. Son abrazos sinceros que salen del corazón, así lo percibimos.
Todos juntos nos dirigimos al restaurante para comer algo antes de separarnos.
Las conversaciones con la familia, los amigos y conocidos suenan como un trasfondo al que no puedo dedicar mi atención. El mejor amigo de Jens apenas se separa de nosotros.
Después nos encontramos sentados con Sassa ante una mesa infantil en sillas muy pequeñas. Hablamos poco. Qué más da.
Las despedidas se prolongan largo rato.
En casa estamos solos. Nos hace bien. En esta situación no deseamos que nadie se quede a dormir.
Estamos sentados en el sofá uno junto a otro y la mayoría del tiempo guardamos silencio.
Definitivamente Jens ha muerto.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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