24 de julio de 2015, viernes – Funeral en Le Vernet (3)

°CUATRO MESES DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE°
Está previsto llevar a los familiares hasta la tumba en un microbús, distribuidos en pequeños grupos. El cementerio pertenece al municipio de Le Vernet que cuenta con 120 habitantes. Lógicamente, no puede acoger al mismo tiempo a todos los asistentes al funeral. El camposanto se encuentra aproximadamente a un kilómetro de distancia del monumento conmemorativo. Preferiríamos recorrer este trayecto a pie, pero los organizadores nos hacen observar que por motivos de seguridad es absolutamente necesario que nos desplacemos en el microbús.
Mientras esperamos la salida, Thomas nos reparte unos papelitos que nos han entregado a nuestra llegada. Escribimos breves mensajes a Jens, los cuales más tarde subirán al cielo sujetos a globos blancos. Es una idea de los españoles.

La impaciente espera llega a su fin. Tomamos asiento en un shuttle que nos transporta al pueblo. Se detiene a unos pasos de distancia del cementerio. Comienza a llover suavemente. El lugar da la impresión de estar herméticamente cerrado, pues no vemos ni uno solo de sus habitantes.
En el arcén de la carretera distinguimos a algunos miembros de la asistencia pastoral de Düsseldorf que ya conocemos. Al vernos, inclinan la cabeza en un gesto consolador.
Me encuentro fatal. Nadie habla.
Entramos bajo una carpa blanca y espaciosa que cubre la tumba y una parte del cementerio. Probablemente estaba pensada para protegernos del sol y ahora sirve para evitar que nos mojemos.
Nos colocamos en la fila de los que están esperando. Avanzan muy lentamente, ya que la despedida de los seres queridos se alarga.
Detrás de nosotros escuchamos hablar español. Primero percibo un llanto contenido que cada vez se hace mas fuerte e interminable. Me doy la vuelta. Una mujer de pelo negro rodeada de sus acompañantes se seca constantemente con un pañuelo las lágrimas del rostro.
Solloza ruidosamente.
Sin pensarlo, pongo la mano en su brazo.
Levanta la cabeza y dice suspirando: – My son, thirty years old.
La miro a los ojos: -… My son was thirty-seven years old.
Me atrae hacia sí. Nos abrazamos largamente sin movernos, como si estuviésemos paralizadas por la tristeza. Las lágrimas no cesan de rodar.
Nos llega el turno. Con pasos vacilantes, nuestra familia se aproxima a la apertura de la tumba en la que podemos ver cuatro recipientes de madera a modo de ataúd. En ellos se encuentran los restos humanos de las víctimas que los forenses no han podido identificar. ¿Está Jens entre ellos? Nadie podrá disipar nunca la duda que encierra esa pregunta.
Las autoridades francesas han colocado una placa en el muro del cementerio detrás de la tumba, en la que han grabado el mismo texto inscrito en la lápida conmemorativa del monumento erigido frente a la montaña.
Echamos rosas sobre la madera. Thomas ofrece a su hermano, que quizá esté mirándole desde otro mundo, la foto en los que ambos están cogidos del brazo y llenos de alegría después de haber superado una prueba de triatlón. A su vez, mi marido le echa un CD que ha grabado con la música que tanto le gustaba escuchar a nuestro hijo.
A partir de ahora existen tres tumbas para Jens. Una en su lugar de residencia, otra en el cementerio del pueblo montañés y la tercera en el sitio exacto donde se produjo el accidente detrás del macizo de Le Vernet. Ya estamos encadenados a Francia para el resto de nuestra vida. (Algunos familiares de víctimas desaparecidas en ciertas catátrofes han tenido que establecer ellos mismos su propio lugar conmemorativo al no haber podido ser encontrados o identificados los restos humanos de sus seres queridos, como sucedió en 1996 en el caso de Birgenair o en 2014 cuando desapareció el avión de Malaysia Airlines)
Entramos en la iglesia, que está bastante cerca, y encendemos velas por Jens. Las colocamos en los peldaños que van al altar y contemplamos ese mar de luces. En mi imaginación se abre un camino hasta llegar a él.
Iniciamos el regreso al hotel. Una buena parte del trayecto nos acompaña una tremenda lluvia torrencial que inunda las carreteras. El conductor nos lleva con mano firme, si bien los neumáticos levantan chorros de agua de gran altura que salpican con fuerza la cuneta y los vehículos que circulan por la dirección contraria.
Poco antes de llegar a Marsella el cielo se despeja y el sol se asoma por entre las nubes.
Llegamos al hotel hacia las 20:00 horas y pasamos la velada con el grupo de familiares con los que ahora compartimos nuestro destino.

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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