30 de julio de 2015, jueves – Uno de los días malos

En los últimos días hemos hecho todo lo posible por relajarnos. Es cierto que los animales del zoológico son una distracción, pero no pueden quitarnos el peso que oprime nuestro corazón. Poner flores nuevas en los tiestos de la terraza es una actividad productiva pero la belleza de las plantas solo la registramos superficialmente.
El canal regional de televisión MDR nos pregunta si estaríamos dispuestos a intervenir en una emisión en directo. Sin pensarlo mucho decimos que no, pues realmente necesitamos un periodo de descanso. Por desgracia, los sobresaltos anímicos no tienen fin.
Por ser los herederos legales, recibimos una carta de nuestro abogado con una lista de los objetos que fueron encontrados en el lugar del accidente y que con toda seguridad se pueden atribuir a Jens. Se trata de su cartera y de diversas tarjetas inteligentes. Nos gustaría recuperarlas, aunque será terrible.

De los 5000 objetos encontrados en total, las autoridades francesas han podido determinar con seguridad la pertenencia de 2000 efectos personales de las víctimas. Los objetos restantes serán fotografiados y catalogados y probablemente en septiembre serán publicados en una página web a la que solo tendrán acceso los familiares de las víctimas. Con ayuda de las fotos, quizá podamos reconocer si alguna de esas cosas pertenecen a nuestro hijo. El resto quedará almacenado.
Según la fiscalía francesa se han encontrado 60 teléfonos móviles, los cuales, al igual que otros dispositivos de almacenamiento de datos, quedarán por el momento como medios de prueba bajo custodia de la justicia. En la medida de lo posible se intentará leer y seleccionar los mensajes, fotos y otros datos almacenados. No obstante, apenas hay esperanza de poder recuperar dichos datos, ya que los aparatos están tremendamente dañados. Dentro de algún tiempo nos serán devueltos.
Vamos al cementerio, como hacemos muy a menudo últimamente. Ya desde lejos veo un objeto extraño sobre la tumba. Es la lápida que encargamos para Jens. Nos sorprende verla. Nadie nos ha informado con antelación.
Me pongo a tiritar. El impulso de salir huyendo entorpece mis pasos. No obstante, mis pies siguen avanzando. Pasamos por delante del cementerio infantil. Altos árboles centenarios extienden su sombra sobre las tumbas. Veo a una mujer joven al borde de un camino arrodillada ante uno de esos montículos. Todo en ella da una enorme sensación de abatimiento: los hombros caídos, los brazos, la cabeza. Parece no tener fuerza ninguna. Los molinillos de viento de vivos colores que los padres han colocado para adornar las tumbas infantiles giran alegremente. Algunos de los niños no han vivido ni siquiera un día. Tenemos que estar agradecidos por haber podido tener a Jens 37 años.
La nueva lápida está junto a la de mis padres. De manera implacable atestigua la muerte de Jens. Aunque mi razón tiene plena consciencia de que ha muerto, tengo que secarme los ojos al leer la fecha de su fallecimiento.
Comenzamos a plantar las hierbas, las flores y el helecho que acabamos de comprar en una tienda de bricolage. Las flores son de vivos colores, los tallos se mecen al viento, solo el helecho tiene que crecer todavía. Hacemos una foto de lo que hemos plantado y se la enviamos a los otros miembros de la familia. A todos les complace ver tanto colorido y variedad.
La nueva lápida estorba; no me gusta.
A última hora de la tarde recibimos un mensaje de Johannes, un padre que ha perdido a su hija. Se refiere a la información que ha recibido sobre los objetos personales que le pertenecían. Visiblemente conmocionado escribe lo siguiente:
»… respecto a nosotros, se trataba de dinero en efectivo y de tarjetas bancarias, etc, cuyo monto estaba indicado al céntimo. Ha sido como otro golpetazo, el dolor no acaba de terminar. ¿Sentís vosotros también lo mismo? Cordiales saludos…«

© Brigitte Voß / Traducción: Aurora de la Válgoma

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